El camino de la constancia

He escuchado y leido mil y una vez que hay que escribir de lo que conoces. Yo voy a hacerlo de alguien que conozco. Os lo presento, se llama Javier Pajuelo. Para mí, y para todo aquel que lo conozca, es un claro ejemplo de constancia que por pura pasión es incapaz de rendirse.

El truco del que se sirve creo que está en el foco, en lo jodidamente definida que tiene su meta, o al menos el lugar donde ésta se encuentra, porque todavía no la ha visto, no sabe cómo es, ni qué materiales la forman. Pero tiene muy claro en qué dirección debe caminar, sabe perfectamente que existe una meta a la que conseguirá llegar, sólo tiene que seguir caminando.

Como buen caminante que hace el camino al andar no sigue pasos de otros, sino que con el rumbo en mente tira para adelante. Por suerte o por desgracia, nuestros caminos, los de todos, siempre se acaban cruzando. Esto nos abre infinidad de posibles acompañantes en ciertos tramos o en gran parte del camino. El problema es encontrarnos con aquellos que no pueden, no saben o no quieren andar más. No saben qué pasos dar y en muchos casos ni llegan a tener una meta, por lo que únicamente se limitan a desanimar a aquellos ágiles caminantes de meta en mente. Porque es mucho más fácil parar a otros que empezar a caminar uno mismo. Supongo que siempre he pensado que esto se hace por envidia, por un “si yo no puedo tú tampoco”. Pero mientras escribo estas lineas me estoy dando cuenta de algo. Creo que no es envidia como tal. Creo que ahora, al verlo como un camino, lo veo con otra perspectiva. Creo que es más pena que envidia, me explico. Siempre he sido incapaz de frenar a alguien con ganas de hacer algo, de ir a algún sitio. Creo que siempre he animado a aquellos que me han rodeado a hacer todo lo que pensaban hacer o incluso más de lo que podían imaginar, aunque esto los alejase de mi. Pero ahora me pongo en el lugar de aquellos que no conforme con no animar, desalientan. Los veo parados, tirados en el suelo sin poder moverse, viendo como otros compañeros de viaje pueden andar y cómo esto los aleja de ellos. Y puedo llegar a entender cómo esa soledad les empuja a buscar compañía, aunque para ello tengan que lastrar hasta parar a aquellos que pueden y quieren andar. En nuestro camino, si es que decidimos y podemos caminar, nos encontraremos con todo tipo de caminantes, algunos más perdidos que otros y algunos directamente sin rumbo, pero caminan. También nos encontraremos con parados, con parapléjicos de destino e ilusión. A estos últimos hay que animarlos para que, como Lázaro, puedan levantarse y caminar, pero dejarlos atrás si no quieren hacerlo, si pretenden pararnos para que nos quedemos con ellos.

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Javier es uno de los grandes caminantes que mi camino me ha otorgado. Es imparable e inmune al desaliento de aquellos que lo quieren hacer parar. Es uno de los grandes ejemplos de autosuperación a través de la constancia día a día. Y es que a fin de cuentas,  cada día que te duermas en los laureles es un día más que tardarás en llegar al a meta.

Hoy Javier me ha dejado atrás. Nuestros caminos se han bifurcado. Y aunque apenas hemos vivido tres meses juntos lo voy a echar muchísimo de menos. Pero no puedo alegrarme más ni estar más orgulloso de lo que estoy de él, de lo que está consiguiendo y de cómo se lo está ganando. Al final, el trabajo duro obtiene recompensa, y precisamente eso, ver triunfar a aquellos en los que creo, es y será mi mayor impulso.

¡Nos vemos en la meta!

ILUSTRACIONES: JAVIER PAJUELO

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